sábado, 24 de enero de 2015

La Liberación como exigencia de la Praxis

3.5 La Liberación como exigencia de la Praxis




3.5.1. Hacia una Psicología de la Liberación

Partiendo de la toma de conciencia de que el aporte de la Psicología como ciencia y praxis a los pueblos latinoamericanos es insuficiente y extremadamente pobre, Baró reconoce que ha habido psicólogos comprometidos con la causa de los pobres, pero que en definitiva ha sido un trabajo personal y político al margen de la propia psicología. La psicología en general, no solo desde la psicología social estaría en deuda con los conflictos y problemáticas que enfrentan los pueblos latinoamericanos. En este sentido, plantea que “el quehacer de la Psicología latinoamericana, salvadas algunas excepciones, no sólo ha mantenido una dependencia servil a la hora de plantearse problemas y buscar soluciones, sino que ha permanecido al margen de los grandes movimientos e inquietudes de los pueblos latinoamericanos” (Martín Baró, I. 1998 p. 284).

En términos teóricos se menciona el trabajo de Jacobo Varela y su “tecnología social” o el trabajo psicoanalítico de Pichón-Rivière, y a pesar del gran aporte a la psicología siguen siendo desconocidos en ambientes bastante amplios fuera de Latinoamérica; incluso dentro de ella. Quizás el trabajo más potente de un latinoamericano, con una influencia en la propia historia de los pueblos del cono sur, haya sido la “alfabetización concientizadora” de Paulo Freire, que no sólo nutre el registro teórico, ni lo fecunda con su rica imbricación entre pedagogía, psicología, filosofía y sociología; sino que “sobre todo, la conscientización constituye una respuesta histórica a la carencia de palabra, personal y social, de los pueblos latinoamericanos, no sólo imposibilitados de leer y escribir el alfabeto, sino sobre todo para leerse a sí mismos y para escribir su propia historia” (Martín Baró, I. 1998 p. 285).



Mientras se pueda observar otras ramas del conocimiento y su desarrollo, como la teoría de la dependencia desde la sociología, queda de manifiesto la precariedad del conocimiento psicológico en estas latitudes y la falta de pensamiento propio como aporte a nuestros pueblos. Según Baró, se puede conocer más de la psicología de nuestros pueblos leyendo las novelas de García Marquez o Vargas Llosa que nuestros trabajos sobre personalidad y ciertamente, “la teología de la liberación ha sido capaz de reflejar y estimular al mismo tiempo las recientes luchas históricas de las masas marginales con mucha mayor fuerza que nuestros análisis y recetas psicológicas sobre la modernización y el cambio social” (Martín Baró, I. 1998 p. 285).



Peor aún, ya que la psicología no ha cooperado en el terreno de las luchas populares, ni ha desarrollado teoría propia para los conflictos psicosociales de la población latinoamericana, si ha avalado con su conocimiento importado el psicologicismo imperante e inmovilizador, recuperando para el sistema, incluso aquellos aspectos psicológicos del proceso conscietizador freiriano, encapsulándolos sólo en categorías psicológicas individualistas y funcionales al modelo de desarrollo injusto y opresor.



3.5.1.1 Esclavitud de la Psicología Latinoamericana

En la lógica de Martín Baró, la pobreza de la psicología latinoamericana y su dependencia de otros referentes se debe a dos razones fundamentales: a) su relativa juventud y b) el neocolonialismo cultural al que se somete desde hace un siglo, donde se somete al “garrotazo cultural” y las aparentes ventajas de la “zanahoria modernista y tecnológica”.
En este contexto, el jesuita desnuda tres causas de la miseria histórica de la psicología latinoamericana.

3.5.1.1.1 Mimetismo cientista

En términos generales, a la psicología latinoamericana la sucedió el mismo fenómeno que a la estadounidense a principios del siglo XX, que ante la necesidad de adquirir status científico fijó su mirada en las ciencias naturales, para lograr un método y conceptos que le permitieran consagrarse científicamente y validarse socialmente. La psicología latinoamericana, por su parte, le pidió prestado su bagaje conceptual, metodológico y práctico a la norteamericana, para poder lograr el status social y científico que anhelaba. El problema no estriba tanto en la importación de modelos teóricos y prácticos; sino en su aplicación acrítica por parte de los psicólogos latinoamericanos, quienes han ido desechando los modelos psicoanalíticos y conductuales, no por una visión crítica de ellos, sino más bien porque los colegas del norte están utilizando los modelos cognitivistas, transformando a la psicología latinoamericana en seguidora de las modas estadounidenses. En este sentido, “la aceptación acrítica de teorías y modelos es precisamente la negación de los fundamentos de la misma ciencia. Y la importancia ahistórica de esquemas conduce a la ideologización de unos planteamientos cuyo sentido y validez, como nos lo recuerda la sociología del conocimiento, remiten a unas circunstancias sociales y a unos cuestionamientos concretos” (Martín Baró, I. 1998 p. 289).


3.5.1.1.2 Carencia de una epistemología adecuada

La psicología se fundamenta en presupuestos que rara vez se discuten y que a juicio de Baró, han imposibilitado un el desarrollo de una Psicología latinoamericana.
a)      El Positivismo: ha generado una reducción de los fenómenos psicológicos y sociales a las condiciones ideales del laboratorio donde se investiga, dejando fuera la variable histórica y las lecturas de los fenómenos que vayan más allá de los mensurable desde la mirada del investigador.

b)      El individualismo: con el que se asume al sujeto ultimo de la psicología como el individuo y de desconoce o minimiza el carácter estructural de muchos problemas psicosociales, reduciéndolos a sólo esquemas psicologicistas.

c)      El hedonismo: en todas las teorías psicológicas se encuentra presente el principio de la búsqueda del placer o la satisfacción que no permite comprender otras facetas del ser humano como la solidaridad y al altruismo, evidenciando una trasposición del modelo capitalista a la naturaleza humana.


d)     La Visión Homeostática: que lleva a desconfiar de aquello que signifique cambio y desequilibrio, valorando como negativo aquello que implique ruptura, conflicto o crisis.

e)      Ahistoricismo: el cientificismo dominante nos lleva a pensar que la naturaleza humana es universal y no hay mucha diferencia entre un estudiante universitario en norteamericano y un campesino nicaragüense; y se puede aplicar en ambos casos con dudosa neutralidad criterios diagnósticos o evaluativos con certeza psicológica. Sin embargo, “una concepción del ser humano que pone su universalidad en su historicidad, es decir, en ser una naturaleza histórica, acepta que tanto las necesidades como la inteligencia son en buena medida  una construcción social y, por tanto, que asumir unos modelos presuntamente transculturales y transhistóricos, elaborados en circunstancias distintas a las nuestras, puede llevarnos a una grave distorsión de lo que en realidad son nuestros pueblos” (Martín Baró, I. 1998 p. 292).


3.5.1.1.1 Dogmatismo Provinciano

En relación a la dependencia teórica de la psicología latinoamericana, se configuran a juicio del autor tres falsos dilemas que limitarían el espacio de libertad necesarios para plantear los problemas más acuciantes de los pueblos latinoamericanos.
a)      Psicología científica v/s Psicología con alma: se desarrolla en los centros académicos, donde se tensiona la psicología de carácter más científico, con una antropología cristiana. Se disputa en el aérea del acompañamiento terapéutico enfrentando al acompañamiento espiritual que realizan los sacerdotes católicos en los sectores medios y burgueses, que ven con recelo y cierto peligro a las teorías psicológicas.

b)      Psicología humanista v/s Psicología materialista: es el dilema que desconcierta al autor, pues no logra comprender en qué medida la psicología de Maslow es más humanista que la de Freud, pues a su juicio ambas hacen un aporte a la humanización de las personas.

c)      Psicología reaccionaria v/s Psicología progresista: en este sentido, el autor nos señala que “una psicología reaccionaria es aquella cuya aplicación lleva al afianzamiento de un orden social injusto; una psicología progresista es aquella que ayuda a los pueblos a progresar, a encontrar el camino de su realización histórica, personal y colectiva” (Martín Baró, I. 1998 p. 293). Sin embargo, lo que hace reaccionaria o progresista a una teoría no tiene que ver tanto en su lugar de origen cuanto en su capacidad para explicar u ocultar la realidad; y en su capacidad para reforzar o transformar el orden social.


3.5.1.2 Hacia una Psicología de la Liberación

Considerando la contextualización anterior, y si la psicología quiere dar respuestas a las angustiantes interrogantes de los pueblos latinoamericanos, desde sus sufrimientos y sus luchas, los psicólogos de esta parte del mundo debiesen reformular tanto su bagaje teórico como su práxis profesional. En este sentido, el jesuita nos señala que “si se me permite formular esta propuesta en términos latinoamericanos, hay que afirmar que si pretendemos que la psicología contribuya a la liberación de nuestros pueblos, tenemos que elaborar una psicología de la liberación” (Martín Baró, I. 1998 p. 295). Sin embargo, esta tarea no sólo se configura como una tarea teórica, sino que fundamentalmente práxica, siendo primordial para la liberación de los pueblos que la psicología se libere de sus propias esclavitudes, y será que “realizar una Psicología de la liberación exige primero lograr una liberación de la psicología” (Martín Baró, I. 1998 p. 295).


Dialogando con un connotado teólogo de la liberación, Baró señala lo fundamental en la teología de la liberación, que resulta iluminador para esta liberación de la Psicología.

1)      “La afirmación de que el objeto de la fe cristiana es un Dios de vida y, por tanto, que el cristiano debe asumir como su primordial tarea religiosa promover la vida” (Martín Baró, I. 1998 p. 295). Desde allí que lo que principalmente se opone a esta fe no es el ateísmo, sino la idolatría que genera falsos dioses, como el dinero, y reclama para sí el sacrificio de las mayorías populares.



2)      “La verdad práctica tiene primacía sobre la verdad teorética, la ortopraxis por sobre la ortodoxia” (Martín Baró, I. 1998 p. 295). Por esta razón, para la teología de la liberación es más importante el hacer que el decir, en función de manifestar en la historia presente el Sacramento de Salvación de un Dios que libera históricamente a los pueblos oprimidos.



3)      “La fe cristiana llama a realizar una opción preferencial por los pobres” (Martín Baró, I. 1998 p. 295). Se comprenderá entonces que la teología de la liberación plantee que a Dios hay que buscarlo entre los pobres y marginados, y en medio de ellos, y junto a ellos vivir la fe. La opción por los pobres, será entonces el quicio de la praxis cristiana desde la religión subversiva, sin por ello limitar el universalismo de la salvación, pero sí define desde este lugar socioeclesial el privilegiado para realizar la tarea salvífica de la construcción del Reino de Dios.


Será por esta influencia que el jesuita declarará que “desde la inspiración de la teología de la liberación podemos proponer tres elementos esenciales para la construcción de una Psicología de la Liberación de los pueblos latinoamericanos: un nuevo horizonte, una nueva epistemología y una nueva praxis” (Martín Baró, I. 1998 p. 295).



3.5.1.2.1 La Opción por los pobres como Nuevo Horizonte

Siguiendo esta intuición, la Psicología latinoamericana debiese despreocuparse de buscar su status científico y social, para desembocar sus fuerzas históricas en un servicio eficaz a las necesidades de las mayorías populares. “Por tanto, si la necesidad objetiva más perentoria de las mayorías latinoamericanas la constituye la liberación histórica de unas estructuras sociales que les mantienen oprimidas, hacia esa área debe enfocar su preocupación y su esfuerzo la Psicología” (Martín Baró, I. 1998 p. 295). Y en este sentido, deberá trabajar en un proceso de conscientzación al estilo freiriano, que significa últimamente una ruptura con las cadenas de la opresión tanto personal, como comunitaria y social.


3.5.1.2.2 Una Nueva Epistemología

Si se pretende trabajar a favor de la liberación de los pueblos oprimidos latinoamericanos, la psicología de la liberación debiese buscar nuevas formas de construir su conocimiento psicológico, pues la verdad de los pueblos no se encuentra en su presente de opresión sino en su futuro de libertad; y se presenta el hecho concreto de que la verdad de los pueblos no hay que encontrarla sino que construirla y ello significa configurar una nueva perspectiva para mirar la realidad y una nueva praxis profesional. Se trata finalmente de que pensemos y teoricemos no para los oprimidos, sino desde ellos; “y así como la teología de la liberación ha subrayado que sólo desde el pobre es posible encontrar al Dios de vida anunciado por Jesús, una Psicología de la liberación tiene que aprender que sólo desde el mismo pueblo oprimido será posible descubrir y construir la verdad existencial de los pueblos latinoamericanos” (Martín Baró, I. 1998 p. 298).


3.5.1.2.3 Una Nueva Praxis

Considerando que lo opaco de la realidad se ilumina mientras el psicólogo opera sobre ella transformándola, se hace urgente la toma de conciencia que la mayoría de las veces se actúa desde el centro del poder, ya sea como clínico, educacional e incluso comunitario. “De allí que para adquirir un nuevo conocimiento psicológico no baste con ubicarnos en la perspectiva del pueblo, es necesario involucrarnos en una nueva praxis, una actividad transformadora de la realidad que nos permita conocerla no sólo en lo que es, sino en lo que no es, y ello en la medida en que intentamos orientarla a lo que debe ser” (Martín Baró, I. 1998 p. 299). Será entonces una praxis popular, que tome partido y se involucre en la causa de los explotados y excluidos, traduciéndose finalmente en una opción ética, desde donde no sólo se transformará la estructura de injusticia, sino que a la vez, se construirá un nuevo conocimiento.






3.5.1.3. Tres Tareas Urgentes

Dado la novedad de la psicología de la liberación, son muchas los desafíos que se le presentan tanto a nivel teórico como práctico. Baró nos presentará tres tareas que a su juicio le parecen de especial importancia: 1) la recuperación de la memoria histórica, 2) la desideologización del sentido común y de la experiencia cotidiana, y 3) la potenciación de las virtudes populares.

3.5.1.3.1 La Recuperación de la Memoria Histórica

Frente al presentismo histórico naturalizante que mantiene sujeta a las mayorías de los pueblos latinoamericanos, sumergidos en un fatalismo que mantiene una imagen negativa de sí mismos en relación a otros pueblos, se hace necesario recuperar la memoria histórica que permita “descubrir selectivamente, mediante la memoria colectiva, elementos del pasado que fueron eficaces para defender los intereses de las clases explotadas y que vuelven otra vez a ser útiles para los objetivos de lucha y conscientizacion” (Martín Baró, I. 1998 p. 301). En este sentido, se trata de recuperar no sólo la historia de un pueblo, sino aquellos elementos que sirvieron ayer y pueden servir hoy para un proceso de liberación

3.5.1.3.2 Desideologización de la experiencia cotidiana

Partiendo de la base de que el conocimiento es una construcción social, la realidad latinoamericana se ha configurado con un constante “garrotazo cultural”, a través de los medios de comunicación social que transforma una realidad desde una mentira sistemáticamente construida, conformando de esta forma un  falso sentido común y desfigurando la experiencia cotidiana de la mayoría de las personas, sobretodo de aquellas en situación de opresión y exclusión. “Desideologizar significa rescatar la experiencia original de los grupos y personas y devolvérsela como dato objetivo, lo que les permitirá formalizar la conciencia de su propia realidad verificando la validez del conocimiento adquirido” (Martín Baró, I. 1998 p. 302).


3.5.1.3.3 Potenciación de las Virtudes Populares

La historia contemporánea ha dejado al descubierto por lo menos en el pueblo salvadoreño, una inquebrantable solidaridad frente al sufrimiento, una gran capacidad de sacrificio y de entrega por el bien colectivo y una tremenda fe en la capacidad humana para transformar el mundo. En este sentido Baró nos recuerda que “Monseñor Romero, el asesinado arzobispo de San Salvador dijo en una oportunidad refiriéndose a las virtudes del pueblo salvadoreño: “Con este pueblo, no es difícil ser buen pastor”. ¿Cómo es posible que nosotros, psicólogos latinoamericanos, no hayamos sido capaces de descubrir todo ese rico potencial de virtudes de nuestros pueblos y que, consciente o inconscientemente, volvamos nuestros ojos a otros países y a otras culturas a la hora de definir objetivos e ideales?” (Martín Baró, I. 1998 p. 302).


Finalmente, el jesuita reflexiona sobre el gran desafío que le compete a la Psicología de la Liberación, si quiere ser una herramienta útil y comprometida con los pueblos latinoamericanos y si quiere profundizar en un aporte significativo a todo el conjunto de la Psicología universal, sin embargo enfatiza en el hecho de que “una Psicología de la Liberación requiere una liberación previa de la Psicología, y esa liberación sólo llegará de la mano de una praxis comprometida con los sufrimientos y esperanzas de los pueblos latinoamericanos” (Martín Baró, I. 1998 p. 302).


sábado, 17 de enero de 2015

3.4.3. Del Opio Religioso a la Fe Liberadora II

3.4.3.4. La Religión Subversiva 




Junto con la religión del orden, justificadora del orden opresor en los pueblos
latinoamericanos, ha subsistido desde el inicio de la conquista un tipo de religión
liberadora y al respecto el autor nos señala con lucidez que frente a la religión del orden
opresor, ha surgido una religión subversiva; expresión religiosa del oprimido, que
“ciertamente se ha tratado de movimientos minoritarios, pero no por ello menos
significativos socialmente. El caso de Bartolomé de las Casas es quizás el más
conocido” (Martín Baró, I. 1998 p. 267) 




Tanto Bartolomé de las Casas, como Diego de Medellín tuvieron la valentía de
oponerse a las formas de la conquista española, por considerar que fomentaban un tipo
de esclavitud antinatural y contraria al evangelio de Jesús. De esta forma, en nombre de
Dios, con que el conquistador reclamaba el justo orden del sistema opresor, Bartolomé
de las Casas pedía en justicia evangélica un orden más humano y dignificador del
indígena latinoamericano. 




Esta tensión de ambos sistemas religiosos presentes desde el inicio de la conquista, se
ve reflejado en una práctica religiosa propia del Nuevo Mundo, que de una manera
sincretista reúne expresiones cristianas con las tradiciones indigenistas. Esta forma de
expresión se conoce como “Religiosidad Popular”. 




Será desde la religiosidad popular, desde donde los pueblos latinoamericanos resistirán
simbólica y praxicamente a la invasión cultural europea, transformándose no sólo en
una expresión popular y propia, sino que a lo largo de la historia será también un lugar
teológico de resistencia frente al modelo de explotación, enajenación y saqueo
instaurado por los conquistadores ibéricos. El jesuita señalará al respecto que “la
religiosidad popular constituye un depósito histórico en el que los pueblos
latinoamericanos han logrado preservar un semillero de identidad histórica frente a la
colonización, de independencia frente a la cultura dominante y de rebeldía política
frente a la explotación opresiva” (Martín Baró, I. 1998 p. 268). 





Desde una perspectiva psicosocial, Baró caracteriza la religiosidad popular
latinoamericana en cuatro notas: a) de asimilación cultural, b) primacía de mediadores
cercanos, c) la corporalización de ritos y d) de responsabilidad colectiva. 




3.4.3.4.1 La Asimilación cultura


Se comprende la asimilación cultural como un proceso donde los principios abstractos
del la doctrina católica han sido integrados a la religiosidad popular, junto con otros
elementos culturales, de forma tal que tengan un profundo sentido en la experiencia
cotidiana de los pueblos oprimidos y respondan de esta forma a las interrogantes
existenciales de los pueblos latinoamericanos. Se encuentran en esta línea los elementos
más preciados para las formas religiosas populares en la persona de María como madre
y de Jesús en su pasión en la cruz. 




3.4.3.4.2 La Primacía de mediadores cercanos 


Frente a la distancia del Dios del orden, en la religiosidad popular florecen en medio del
pueblo un gran número de mediadores cercanos en la figura de los santos populares, que
junto con la Guadalupe de Juan Diego, han acompañado la devoción de todo un pueblo.
Entre estos mediadores encontramos a San Martín de Porres, Fray Andresito, San
Cristóbal y un centenar de santos populares esparcidos por todo el continente. 




3.4.3.4.3 La Corporalización de los Ritos 


El pueblo latinoamericano ha tendido a vivir su experiencia religiosa más con el cuerpo
que con la cabeza, transformando las procesiones y peregrinaciones en su expresión más
propia que la misma celebración de la misa, las representaciones religiosas del viacrucis
en semana santa tienden a ser más significativas que los sermones; y las canciones y
rezos son más propios del mundo popular que la meditación o reflexión personal. 



3.4.3.4.4 La Responsabilidad Colectiva 

Más allá del individualismo religioso que por siglos ha sido predicado por la religión
del orden, la religiosidad latinoamericana ha mantenido viva la conciencia de la
responsabilidad colectiva, familiar y comunitaria. Este rasgo será enfatizado en las
palabras del mismo Baró, cuando relata que “con frecuencia la madre se acusará de los
pecados cometidos por los hijos y la familia entera aceptará la responsabilidad por la
falta ante Dios de uno de sus miembros” (Martín Baró, I. 1998 p. 269). 




3.4.3.4.5 El Renacer de la religión Subversiva en Latinoamérica 


En el parecer del jesuita “la revitalización de la religión subversiva en América Latina
ha sido posibilitada en gran medida por el cambio de orientación que experimenta la
Iglesia Católica con el Concilio Vaticano II” (Martín Baró, I. 1998 p. 269), y
comprendiendo este hecho histórico desde la perspectiva psico-social sintetiza su aporte
desde una doble perspectiva: a) La Iglesia Católica deja de definirse a sí misma desde
una concepción netamente jerárquica, para reconocerse a sí misma como “Pueblo de
Dios”; y b) supera la dualidad de comprender la historia dividida en sagrada y profana,
unificando en una sóla historia el lugar donde ella está llamada a ser Sacramento de
Salvación, no sólo anunciando una salvación escatológica y futura; sino
comprometiéndose en construir una sociedad más justa y fraterna en la historia presente.
“La Iglesia católica cambiaba así su ubicación doctrinal respecto a los dos ejes básicos
de la religiosidad, pasando de una concepción vertical y jerárquica a una visión más
horizontal y comunitaria, y de una concepción metahistórica a una visión más
histórica” (Martín Baró, I. 1998 p. 269). 




En el centro de esta nueva comprensión eclesiológica se abre un espacio psicosocial
para una nueva praxis religiosa, más enfocada a lo comunitario que al intimismo
individual; que busca una transformación activa del orden social injusto y opresivo para
manifestar su ser Sacramento de salvación en la historia; “en imagen creíble del Reino
de justicia, amor y paz anunciado por Jesús de Nazaret” (Martín Baró, I. 1998 p. 270).



El fermento del Vaticano II, hará fecundo el proceso en Latinoamérica desde la
Conferencia de Medellín en 1968, donde se descubrirá la realidad opresora e injusta, y
donde los obispos definirán que en la región se hacen presente “estructuras de pecado”
que producen la muerte real de personas, en su mayoría empobrecidas por el modelo de
desarrollo impuesto.



“De ahí deducen los obispo la obligación cristiana de oponerse a esas estructuras opresivas y de luchar por una liberación histórica de los pueblos que les permita construir una sociedad más justa y concorde con los designios de Dios” (Martín Baró, I. 1998 p. 270). 




De esta manera, en la fecundidad propia de la historia de la década de los setenta, la
religiosidad popular irá proliferando en diversas formas de praxis religiosa liberadora,
entre las cuales la más dinámica y de mayor impacto social serán las “Comunidades
Eclesiales de Base”, que asumiendo la invitación del Vaticano II y la “Opción Preferencial por los Pobres” que la Conferencia Episcopal de Latinoamerica y el Caribe
ha propuesto para la praxis cristiana en el continente; se vuelcan al proceso de
transformación social necesario para hacer historia el proyecto de Jesús de Nazaret. 




En este sentido “el mensaje tanto del Vaticano II como de Medellín y Puebla no se queda
en el plano meramente ideológico, sino que dinamiza la vida religiosa popular. La
teología de la liberación, hoy día considerada como una bête noire tanto por
Washington como por el Vaticano, constituye la tematización pluriforme de esa vida
nueva que aflora entre los cristianos latinoamericanos” (Martín Baró, I. 1998 p. 271). 



3.4.3.4.6 Las Experiencia de las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs) 

Las Comunidades Eclesiales de Base que comienzan a funsionar a principios de los
setenta como una manifestación de la praxis cristiana preferentemente en sectores
marginales urbanos y rurales, en consonancia con el Espíritu del Vaticano II y Puebla,
aglutinan a cristianos y cristianas en las funciones propias del sacerdote, excluyendo
aquellas de carácter cultico como la celebración de la misa; pronto se transforma en una
nueva fuerza para la Iglesia latinoamericana. Confluyen en este servicio, la catequesis,
la oración y animación comunitarias y la reflexión de la coyuntura histórica a la luz del
evangelio y de las orientaciones de la doctrina social de la Iglesia; asumiendo un
compromiso de transformar las condiciones opresoras en función del proyecto de Dios
para su pueblo. 




Desde una perspectiva psico-social; Baró sistematiza las principales características de
las CEBs en tres grandes líneas de acción: a) la concepción histórica de la salvación, b)
el compromiso práxico frente al orden social y c) el carácter comunitario de este estilo
de vida religiosa. 

3.4.3.4.6.1 Historicidad de la Salvación 


En este sentido el jesuita nos señala que “la historización del anuncio salvífico requiere
tomar en serio todas aquellas condiciones de la vida de los pueblos que impiden la
realización del Reino de Dios, entendiendo no como un cielo que se espera tras la
muerte, sino como una meta que debe empezar a realizarse desde ahora. La salvación
en la historia desde ser una salvación de la misma historia, que no es más que una”
(Martín Baró, I. 1998 p. 272). De esta forma, el caminar de las CEBs, hará descubrir al
pueblo, que junto con el pecado persona, se encuentra entrelazado el pecado social, 
objetivado en todas aquellas estructuras que producen la deshumanización y muerte de
las mayorías populares en Latinoamérica y en todo el tercer mundo. 




Se instaurará entonces, junto al anuncio de un Evangelio liberador de la opresión, la
denuncia profética de la opresión que se establece desde el sistema imperante,
transformando a las CEBs en un molesto foco crítico de los poderes fácticos que se
defienden a sangre y fuego desde los centro de poder. Se descubre desde la lectura
orante y comunitaria de las Sagradas Escrituras, la necesidad de un “Nuevo Éxodo”, que
permita no sólo liberar a los pueblos oprimidos, sino que haga realidad en la historia la
construcción de una nueva sociedad más justa y humana; donde ya no basta el cambio
personal y la preparación para la otra vida, sino que hace necesario un cambio
estructural que posibilite dialécticamente el cambio personal. 




3.4.3.4.6.2 Compromiso desde la praxis cristiana 


Desde la experiencia de las CEBs e iluminados por la teología de la liberación de
Gustavo Gutiérrez; los cristianos en Latinoamérica descubren que ya no basta con la
ortodoxia de declarar en palabras la fe que se profesa, sino que desde la cruda realidad
histórica surge la necesidad de hacer vida una ortopraxis, transformando las acciones
cotidianas en ventana de la verdad en que se cree, y en este sentido, la verdad de la
salvación de las mayorías populares no se encuentra dado sino que se conquista
históricamente. Desde esta constatación, “el cristianismo, afirman, no puede
desentenderse de aquellas circunstancias que, en la vida concreta, mantienen a pueblos
enteros explotados, marginados y oprimidos, impidiendo su desarrollo como seres
humanos y como hijos de Dios; por el contrario, un cristiano debe comprometerse en
un trabajo continuo por eliminar de raíz las causas de la deshumanización personal y
colectiva de la sociedad donde vive” (Martín Baró, I. 1998 p. 273) 




3.4.3.4.6.3 Una fe comunitaria 


Será enfrentando al individualismo intimista de la religión del orden, desde donde la
religión subversiva promoverá la vivencia comunitaria de la fe. La comunidad no es
para el cristiano de la CEB un refugio donde desahogar frustraciones, a pesar de que
proporcione cierta seguridad y comprensión; “la comunidad es más bien el referente
que ayuda a la toma de conciencia, a la revisión crítica sobre la propia vida, a la 
interpelación de fe frente a los acontecimientos, al compromiso con las luchas
liberadoras del propio pueblo” (Martín Baró, I. 1998 p. 274) 





3.4.3.4.7 Impacto político de la religión subversiva 

En el proceso de desarrollo de las CEBs se puede encontrar en forma casi inmediata el
influjo que estas tuvieron en los procesos políticos denominados “de liberación” en los
diferentes países latinoamericanos. La toma de conciencia del pecado estructural, no
sólo transformó a estos cristianos y cristianas en actores sociales críticos del modelos de
desarrollo injusto y opresor, sino que motivó desde la fe religiosa, el compromiso
político en la transformación de las sociedades latinoamericanas. 




En un ejercicio de síntesis de este proceso, el autor definirá tres elementos de las CEBs,
que desde la perspectiva sociopolítica son importantes de rescatar para el análisis
histórico y psicosocial: a) la concientización religiosa ha permitido a amplios grupos
superar su actitud fatalista, b) la organización de las CEBs ha servido como estímulo
para la organización social y política de las mayorías populares, y c) la fe religiosa ha
permitido a muchos encontrar sentido a las luchas liberadoras y les ha ayudado a
sobrellevar con esperanza situaciones de dramático sufrimiento personal y colectivo. 




En este sentido, “sólo sobre el trasfondo de este triple papel de la religión en el proceso
revolucionario de El Salvador, concientizador, modélico y animador, se entiende lo que
representó Monseñor Romero” (Martín Baró, I. 1998 p. 277)





El testimonio martirial del obispo salvadoreño, confirma como en pocos casos en la historia, el compromiso desde la fe con el pueblo oprimido, y el rol que desde la religión, cómo herramienta desideologizadora y desligitimadora de un orden social injusto se transforma en la historia de un pueblo en voz de los sin voz. En su labor pastoral, monseñor Romero apoyó decididamente al pueblo empobrecido por la oligarquía de su país, denunciando los abusos, no sólo del gobierno, sino de las propias organizaciones populares y la absolutización de sus intereses partidistas. Su asesinato, no sólo puso fin a su vida y su voz, sino que pretendió “anular de una vez por todas el papel liberador de la religión en la historia contemporánea de El Salvador” (Martín Baró, I. 1998 p. 277). 





De esta forma queda en evidencia el potencial subversivo de la expresión religiosa
surgida en Medellín y su impacto en los detentores del poder. No es casualidad que
desde el informa Rockefeller y el documento de Santa Fe, se haya montado una aceitada 
maquinaria de aniquilación dirigida hacia todas aquellas expresiones de la fe liberadora
y de la teología latinoamericana; siendo la prioridad el contrarrestar la teología de la
liberación desde el uso de la fuerza represiva y del terror sistemático hacia quienes
optan por este tipo de religión subversiva, en conjunto con la confrontación ideológica
que desde el Instituto sobre la Religión y Democracia ha financiado el avance
indiscriminado de sectas fundamentalistas hacia los países latinoamericanos.




“Así, mientras con el terror represivo se trataba de aniquilar todo brote de Iglesia popular, con la penetración fundamentalista se proporcionaba una compensación religiosa, socialmente  reforzada” (Martín Baró, I. 1998 p. 278) .








Valparaíso, Capital Legislativa de la República de Chile; 18 de Enero de 2015