domingo, 6 de septiembre de 2015

EL SILENCIO DE BELLATRIX

EL SILENCIO DE BELLATRIX



Silencio de Bellatrix,
en el despunte de septiembre!
el mes más bonito del año…
las Locas salen de sus jaulas
Y una intendencia se traviste de colores.




El grito de Amor Primaveral,
en ala Azul de Ribete Dorado;
permeado por Iris de Cóndor,
Sur Patagónico.




Oh Pupila Bonita…
Sagrada Demonia;
Toda Revestida 
de Sacro Azul,
Pasionura Mía
Doncella de Orleans





Travesuras de la Historia,
la de la niña guerrillera…
la que regresa a tal esquivo delfín
a la corona de Francia.




Vendida y renegada,
abusada por cuotas de poder,
Sometida a la voluntad de la plebe!!!
Santa Guerrillera,
del Amor Furioso…
… Fuego Eterno…

Pasión & Ternura.




Casablanca, Domingo de Pasión y Ternura. 6 de Septiembre de 2015.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Reflexiones sobre la Cristología de la Liberación de Jon Sobrino I

2.4.7.- Jesús y la centralidad de su mensaje: el Reino de Dios y el Dios del Reino.-

Memorial a Jecar Nehgme
Calle Bulnes. Santiago Centro.
4 de Septiembre de 2015
Desde la perspectiva de la cristología de Jon Sobrino y siguiendo el método histórico crítico del análisis de las fuentes de los evangelios y los escritos del nuevo testamento, la prédica y misión de Jesús de Nazaret no fue centrada en sí mismo. Jesús vivió y se desvivió  por una realidad diferente, descentrada de sí mismo, y “en los evangelios eso que es central en la vida de Jesús aparece expresado con dos términos: Reino de Dios y Padre” (Sobrino, J. 1991 p.121).

De estas dos palabras tenemos que agregar que, “en primer lugar son palabras auténticas de Jesús. En segundo lugar, que expresan realidades totalizantes, pues con “Reino de Dios”, Jesús expresa la totalidad de la realidad y aquello que hay que hacer, y con “Padre”, Jesús expresa la realidad personal que otorga sentido último a su vida, aquello en lo que Jesús descansa y lo que, a su vez, no lo deja descansar” (Sobrino, J. 1991 p.121). Esta dualidad, Padre y Reino de Dios, se relacionan entre sí y se complementan pues será la noción de Reino de Dios lo que le dará razón de ser al Dios Abbá; y esta paternidad de Dios será el fundamento del Reino de Dios.

En relación al análisis de los evangelios, la predicación y el ministerio público comienzan tanto en Mateo como en Marcos con el anuncio de Jesús que “se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios: arrepiéntanse y crean en la Buena Noticia” (Mc. 1,14).


Desde el inicio del ministerio público el gran número de veces que Jesús utiliza la expresión Reino de Dios, deja en evidencia que no se puede dudar de la centralidad histórica y teológica que el Reino significa para Jesús; “el tema central de la predicación de Jesús era la soberanía real de Dios” (Sobrino, J. 1991 p.123). Y en esta dirección, el autor nos señala que “Jesús no sólo no se predicó a sí mismo, sino que lo último para él no fue simplemente “Dios”, sino “el reino de Dios” (Sobrino, J. 1991 p.121).



Se configura, desde la relacionalidad de Dios como Abbá o Padre y Reino de Dios, una unidad dialéctica, donde Jesús expresa siempre que está Dios y algo más, y ese “algo más” sería el Reino, que en algunas tradiciones se formula como “voluntad realizada de Dios” o “pueblo de Dios”. 


En este sentido, encontramos que para Jesús “lo último tiene una dimensión trascendente y una dimensión histórica” (Sobrino, J. 1991 p.123). Ambas realidades, imbricadas mutuamente, dependerán entre sí; pues tanto el Reino depende de Dios, así como la concepción de Dios dependerá de lo que sea el Reino. Estamos entonces enfrente de un Dios que establece una relación fundamental con la historia de los hombres. Es un Dios de la Historia.


En este sentido, la concepción que Jesús tiene de este Dios de la Historia se fundamenta en las tradiciones del Antiguo Testamento que siempre pusieron a Dios en relación con su pueblo. Nunca en la tradición semita se comprendió a Dios en sí mismo; sino que se entendía a Dios para la historia y en este sentido es el Dios de un pueblo.


Sobrino nos recuerda en esta línea que “en el éxodo Dios es el que escucha los clamores de un pueblo para liberarlo y constituirlo en pueblo y hacerlo su pueblo. En las tradiciones proféticas, Dios es el que defiende a los oprimidos, denunciando a los opresores y anunciando una nueva alianza con su pueblo” (Sobrino, J. 1991 p.124).


Se comprende entonces, que hay una unidad entre el Dios que se da a la historia y la historia que tiene que llegar a conformarse con la voluntad de ese Dios; esta unidad, que es lo último, es lo que Jesús anunció y que formalmente comprendemos como “Reino de Dios”. No obstante, el autor parafraseando a Walter Kasper, nos señala que “jamás nos dice Jesús expresamente qué es el reino de Dios. Lo único que dice es que está cerca” (Sobrino, J. 1991 p.125).



Si sólo hay un anuncio y no hay una definición de la soberanía de Dios, se comprende que necesitamos de un método para comprender que señala Jesús en el concepto Reino de Dios y que es lo que pensaba de él. Para lograr esta tarea, el autor señala tres caminos o tres vías para poder averiguarlo: 1) la mas tradicional y transitada por la teología es la Vía Nocional, es decir, la que comprende la noción que Jesús tuvo del reino de Dios. 2) La segunda vía es la de los destinatarios de este anuncio. Y aquellos son los pobres. 3) La tercera vía es la de la práctica de Jesús, entendiendo ésta como hechos y palabras, bajo el presupuesto de que lo que Jesús hizo estaba en función del anuncio del reino.


Valparaíso 4 de Septiembre de 2015.

sábado, 29 de agosto de 2015

El JESÚS HISTÓRICO COMO PUNTO DE PARTIDA DE LA CRISTOLOGÍA DE JON SOBRINO

2.4.5.- El Jesús histórico como punto de partida de la cristología de Jon Sobrino.-



Para el creyente (y se presupone que el teólogo es uno de ellos), Jesucristo reclama una significación universal, y no existe una manera única para entrar al misterio que sea normada ni por el nuevo testamento ni por la enseñanza de la iglesia.

Elegir entonces el punto de partida de la cristología, no sólo implica tomar una opción, sino que esta opción incide en los resultados a los cuales se llega en conclusión del trabajo teológico. Por esta razón, la elección desde donde se comienza la sistematización teológica, debiese ser siempre el punto de partida que parezca más apto para dar cuenta del misterio de Jesucristo al pueblo creyente.




Jon Sobrino nos señala al respecto: “desde el principio que elegimos como punto de partida la realidad de Jesús de Nazaret, su vida, su misión y su destino, lo que suele llamarse el “Jesús histórico”. (Sobrino, J. 1991 p.73).


En términos generales, Jesucristo conforma una totalidad que se define por un elemento trascendente (Cristo) y otro histórico (Jesús). Tradicionalmente se ha privilegiado el elemento trascendente del Cristo, para comprender el ingreso de Dios en la historia y se interpreta al Jesús de la historia desde la conceptualización que surge desde la imagen de Cristo. Esta opción metodológica se conoce como  “cristología desde arriba” o “cristología descendente” pues el Cristo, desde arriba ilumina la reflexión de Jesús y la historia humana.

Sin embargo para el autor, el descenso de Dios a la historia no se capta solamente en la pura formalidad del Cristo, sino que se profundiza al cotejarlo con el Jesús de la historia, en su praxis liberadora en medio de los hombres hasta su muerte en cruz, y comprende en el hecho histórico de Jesús, “el acercamiento real de Dios a los hombres en cuanto salvífico, compartiendo su condición hasta los extremos de la cruz. Ese prodigio de Dios no es otra cosa que el Jesús de Nazareth concreto” (Sobrino, J. 1991 p.75). En esta opción de comenzar la cristología desde el Jesús de la historia, se invierte el método cristológico, pues comienza desde abajo, y se convierte en una “cristología ascendente”.

Sin embargo, Sobrino es consciente que el declarar que Jesús es el Cristo, es una afirmación límite que sólo tiene asidero en la fe en Jesucristo. Por esta razón aclara que estas afirmaciones límite que se comprenden desde la fe, deben tener una justificación en la historia y desde allí vislumbrar el misterio del Dios vivo que se revela a los hombres. Por esta razón recurre al método de interpretación bíblica pues “en la Escritura, las afirmaciones-límite trascendentes vienen precedidas de afirmaciones históricas. Así, en el cántico de Moisés se habla de Dios, en sí mismo liberador (afirmación-límite), pero esta confesión de fe viene precedida de la realidad de la liberación de Egipto, atribuida (en la fe) a Dios”. (Sobrino, J. 1991 p.76).

En este sentido, la fe en Cristo, confesada por las primeras comunidades, se vio enfrentada al hecho histórico de Jesús, su ministerio, su muerte en cruz y su resurrección. Es entonces, en la historia del los hombres donde se manifiesta esta fe, y constituye el camino privilegiado para comprender que el Jesús de la historia es el Cristo de la fe. “Y ese camino comenzó con Jesús de Nazaret. El camino lógico de la cristología es, pues, el cronológico. Jesús puede ser comprendido como el camino al Cristo”. (Sobrino, J. 1991 p.76).

No obstante, el hecho de que Jesús sea el Cristo, aun sigue siendo una afirmación límite, y es importante comprender que esta sentencia (así como la afirmación límite de realidades como el amor, la libertad y la vida misma) necesitan del camino del conocimiento. Lo que hasta hoy nos ha sido transmitido de Jesús, nos viene desde los relatos del nuevo testamento, donde indiscutiblemente se presenta a Jesucristo ya reflexionado por la fe de la comunidad, después del acontecimiento de la resurrección. Son los escritos del nuevo testamento los primeros en declarar que Jesús es el Cristo, pero para ello, su salvaguarda es precisamente el Jesús de la historia, que en una posterior elaboración literaria ha sido teologizado; y a su vez, el Cristo de la fe ha sido también historizado. De esta manera, el Jesús del nuevo testamento se transforma en la mejor salvaguarda frente a las deformaciones posteriores que se quisieron imponer en los primeros siglos del cristianismo.

Sobrino nos dirá finalmente que, “por estas dos razones fundamentales –que Jesús sea el mejor camino hacia el Cristo y su mejor salvaguarda- elegimos el “Jesús histórico” como punto de partida” (Sobrino, J. 1991 p.79), para la elaboración de su cristología.




Las otras cristologías que se elaboran en la iglesia católica, suelen partir principalmente desde las afirmaciones dogmáticas conciliares (especialmente desde el Concilio de Calcedonia que declara la divinidad de la persona de Cristo en dos naturalezas humana y divina), o desde afirmaciones bíblico-dogmáticas, que rescatan expresiones como Cristo el “Señor” o “Hijo de Dios”, pero que no permite una comprensión del misterio de Cristo, de mejor forma que si comenzamos con el Jesús histórico, que originó esta variedad de cristologías. 



Otro punto de partida importante para la cristología católica, es el Kerygma (o predicación del Cristo muerto y resucitado), pues desde 1892 M. Kähler, renunciando a recuperar la biografía de Jesús, propone que “el verdadero Cristo es el Cristo predicado” (Sobrino, J. 1991 p.83) y desde ese minuto, se comenzará también a usar la distinción entre Jesús histórico y el Cristo de la fe. 


Otros puntos de partida utilizados por los teólogos en referencia a la cristología han sido la experiencia de la presencia actual de Cristo en el culto, la resurrección de Cristo y la doctrina que en los siglos XVIII y XIX presentaba a Jesús como maestro y modelo de religión universal, éste último; denunciado como peligroso por el autor pues “las doctrinas de Jesús no son la confirmación de la sustancia religiosa del hombre universal ni menos la confirmación del ideal burgués del ser humano, sino su crítica” (Sobrino, J. 1991 p.85).

No obstante, desde la postura crítica a las cristologías que parten desde otros lugares, se pretende evidenciar su fragilidad al dejar de lado al Jesús de la historia o el peligro que significa una cristología sin Jesús, pero el autor reconoce en ellas, elementos que aportan a la reflexión de la cristología actual, con un marcado acento en que no dejen de lado a Jesús de Nazaret en su proceso de sistematización teológica.





Sábado Noche de Luna Llena, 29 de Agosto de 2015 

Y?LESA HUMANIDAD

Y?LESA HUMANIDAD




Dicen que en esa sala torturaban
dicen por allí...
Dicen que les sacaban
sus dientes desde la raíz,
así también los separaban
de sus seres amados
en la oscuridad de la noche
dicen...



Dicen que te abrían las piernas,
y te penetraban con ratones
y perros amaestrados
dicen...



¿Pero será Verdad?;
niña Por Dios!!!
sí esa gente es tan pecadora...
NO creen en Dios como nosotros!

Dicen de que hay un servicio,
del estado...
dicen que se llama DINA;
dicen que se llama Manuel
el Monstruo que los lidera.


¿Pero será Verdad?
En el Nombre del Padre
Te lo Juro!!!
Debe ser un invento,
del comunismo internacional;
Son Todos Ateos!!!


Y pasan los años
de la Ignominia,
y la Dina fue CNI,
que se parece a
CIA & KKK


Y Gracias a la Virgen Santa,
a nosotros no nos pasó nada...
En el nombre del HIjo,
¿Seguro que Nada?

¿Y quién dice que,
todo este infierno
es mentira?



Desde New York,
hasta Osorno
el mundo se estremece
con sórdida Verdad



Pues revestidos,
de sotana y talar;
el abusador,
torturaba a sus víctimas...

Detenidos... Desaparecidos
en la oscuridad de la noche
arrancados desde la misma Vicaría


Secuestrados Permanentes
de parroquias y seminarios
¿DONDE ESTÁN?


Resucitando desde las Injusticias,
anuncian con Victor y con Miguel
con cuerno de Jobel
que siete sellos fueron violentados;
y se viene el Armagedón
y todos pidiendo perdón


Mea Culpa
Mea Culpa
Mea Máxima Culpa



(to be continued)


Valparaíso, 29 de Agosto de 2015

jueves, 27 de agosto de 2015

AMOR FURIOSO

AMOR FURIOSO




Amor Furioso
como el que irrumpe,
con el prístino
Hola! de un niño.




Desierto de mi desapego,
me sostengo en la flama de tus pupilas
reflejo del oro y el cielo
me dejo perplejo
en éxtasis ante tí



Tú; Pasionura Invernal
alzada y atrevida
adelantando todas las primaveras
de la historia



La sangre late y gime
en éstas, todas tus venas;
desátate entre mis brazos
y descubrirás mi cielo



Aliviemos de la mákina del mundo
con su incansable martillar
Mariposa de Ala azul,
hechizo de amor profesional



El travieso destino
cruzó tu fiera mirada;
gatillando emociones cósmicas
pulverizándome,
en un nanosegundo
de Pasionura en Extasis
Oh Sagrada Demonia 
de este Amor tan Furioso!


Santa Lucìa 162; Santiago de Chile.27 de Agosto 2015

2.4. La Cristología de Jon Sobrino.-

2.4. La Cristología de Jon Sobrino.-



2.4.1. Introducción

Para comprender la cristología de Jon Sobrino, debemos referirnos a la introducción del texto, donde el autor nos señala que “en este libro queremos presentar al Cristo que es Jesús de Nazaret, y por ello, lo hemos titulado Jesucristo Liberador” (Sobrino, J. 1991 p.17). Ya desde la primera frase, se deja entrever la finalidad de la cristología de la liberación en general y la de Sobrino en particular: es una cristología que se enmarca en el seguimiento de Jesús de Nazaret, el hombre histórico que la fe de una comunidad de creyentes le ha reconocido como el Cristo.

El título no es antojadizo, sino que está cargado por la densidad de la historia reciente del continente americano, que desde la intuición original de Gustavo Gutiérrez constata el surgimiento de una nueva reflexión desde el mundo de los más pobres, que se imbrica por el interés de rescatar una imagen más histórica de Jesucristo, privilegiándose desde esta parte del mundo, un ejercicio teológico en virtud del ministerio de Jesús de Nazaret, el hombre histórico, para comprender de mejor forma al Cristo de la fe.

En este sentido, “es un hecho que la vuelta a Jesús de Nazaret ha hecho recobrar, también históricamente, una nueva imagen de Cristo y que esta ha desencadenado una fe fructífera para los creyentes, para la Iglesia y para los procesos de liberación” (Sobrino, J. 1991 p.17).



El trabajo de Sobrino, (en especial esta cristología) es construido experiencialmente en la República del Salvador, en medio de su sangrienta guerra civil. El autor, teólogo y sacerdote jesuita es el único sobreviviente de la matanza de la Uca. Su obra está dedicada a los mártires (entre ellos a Martín Baró), y como testimonio contra la desesperanza nos relata que “este libro está escrito en medio de la crucifixión, pero, en definitiva, con la esperanza de la liberación” (Sobrino, J. 1991 p.17).



Es precisamente esta coyuntura histórica, la que motiva al teólogo a desarrollar su cristología; pues para Sobrino “no hay que olvidar que en la historia ha habido cristologías heréticas que han recortado la verdad total de Cristo, y –lo que es peor- que ha habido cristologías objetivamente nocivas, que han presentado a un Cristo distinto y aun objetivamente contrario a Jesús de Nazaret. (Sobrino, J. 1991 p.20).

En este sentido, el esfuerzo de la cristología de Sobrino no consiste sólo en una actualización del trabajo teológico por el sólo gusto académico, sino más bien se encuadra en el deseo de hacer actual, lúcida y comprometida la labor del teólogo en un contexto donde no se encuentra ni siquiera el mínimo aceptable para que la vida humana pueda desarrollarse. 

Y en este sentido el autor nos señala: “Recordemos que nuestro continente cristiano ha vivido siglos de opresión inhumana y anticristiana sin que la cristología, al parecer, se diera por enterada y sin que supusiera una denuncia profética en nombre de Jesucristo” (Sobrino, J. 1991 p.20). El trabajo teológico entonces, desde la perspectiva de la liberación, no sólo se traduce en el cumplimiento de “dar razón de su esperanza” (1Pe. 3,15), sino que también se transforma en un compromiso histórico con aquellos sectores sociales más vulnerables; pues el autor considera que “en América Latina, la cristología es una necesidad por razones históricas: es necesario presentar a un Cristo que, como mínimo, sea aliado de la liberación, no de la opresión” (Sobrino, J. 1991 p.21).


No obstante, está opción por el Cristo Liberador, no es una opción ideologizada o antojadizamente arbitraria; surge desde la fe razonada y vivida en medio de contextos conflictivos y se encuentra iluminada por la lectura comunitaria del Evangelio. Es la expresión de hombres y mujeres que siguen a Jesús de Nazaret y que el teólogo, al servicio de su comunidad eclesial, ha sistematizado para una mejor comprensión de la fe y del compromiso que ésta debe tener en la vida personal y en la historia de la comunidad.

En esta línea, lo fundamental y lo fundante que ilumina la reflexión de esta cristología es “la opción de Jesús por los pobres, su misericordia y justicia, su confrontación con los poderosos, su persecución y muerte a causa de todo ello, su resurrección reivindicadora. Y ante todo que a ese Jesús hay que seguir.” (Sobrino, J. 1991 p.22).


En sintonía con esta opción, las razones para esta cristología son fundamentalmente dos. La primera de tipo ético se funda en el hecho de la manipulación que se hace de la figura de Jesucristo en un continente mayoritariamente creyente (a diferencia de lo que ocurre en Europa, Asia o África) y donde es necesario rescatar una cristología en función de una iglesia de los pobres, considerando que es la opción de la Iglesia Latinoamericana desde la Conferencia de Medellín y ratificada en Puebla. Esta opción se ve confirmada por la realidad histórica del continente, pues “tanto Cristo como el continente están hoy crucificados. Y estas cruces no sólo dan que pensar y mueven a cambiar en el modo de pensar, sino que obligan a pensar” (Sobrino, J. 1991 p.24).



Una segunda razón está dada por la realidad misma de Cristo, pues desde la mirada del creyente, él es “eu-aggelion, buena noticia, la aparición de la benignidad de Dios” (Sobrino, J. 1991 p.25) en medio de la historia de la humanidad. Este hecho, no sólo es una constatación de fe, de que Jesucristo es Buena Noticia, sino que se manifiesta en que produce a su vez gozo y agradecimiento. Y en este sentido, especialmente en Latinoamérica, Jesucristo no sólo es visto como el crucificado; también es reconocido como Buena Noticia, y lo mismo ocurre con la cristología. La Buena Noticia de Jesucristo entonces, es una realidad que goza de un status de importancia y trascendencia para el pueblo latinoamericano y es labor del teólogo cuidar de que no sea víctima de secuestro y tergiversaciones con intenciones funcionales del poder idolátrico de quienes manejan los privilegios en contra del resto del pueblo, y frente a este secuestro de Jesucristo “hay que salir en su defensa y dar la cara por él” (Sobrino, J. 1991 p.25).

En la centralidad de esta cristología encontramos en palabras del propio autor que: “la finalidad de esta cristología es la de presentar la verdad de Jesucristo desde la perspectiva de la liberación, y este libro se mantiene, por lo tanto, en la línea trazada ya hace años” (Sobrino, J. 1991 p.26). Y como correlato a esta finalidad explicitada, nos encontramos con la justificación de esta mirada liberacionista presente en toda la obra: “la razón de esta insistencia es que la liberación es correlativa a la opresión, y ésta, en forma de injusta pobreza – a la que se añaden las opresiones por causa de las etnias, la cultura, el sexo…-, no sólo no ha desaparecido, sino que en la mayoría de los casos va en aumento”. (Sobrino, J. 1991 p.26).


En esta línea de pensamiento, el trabajo de la cristología de Jon Sobrino, se dirige en una doble dirección. En primer lugar se pretende seguir al Jesús de la historia, que la fe proclama como el Cristo, y para ello se presentarán tres acontecimientos centrales en la vida de Jesús: “su servicio al reino de Dios, su relación con Dios Padre y su muerte en cruz” (Sobrino, J. 1991 p.27), insistiendo ciertamente en el carácter liberador, de la misión de Jesús y de la Buena Noticia que significa para todo un pueblo, que el Hijo de Dios actúe de esa forma en defensa de los desposeídos y marginados de la sociedad.

La segunda línea de profundización, estará encausada al Cristo de la fe, elaboración posterior a la experiencia del Calvario, y que presupone la resurrección reivindicadora de Jesús (Dios resucita al asesinado por los poderosos como gesto de poder frente al sistema opresor), confesando que Jesús es el Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, presente y actuante en la historia, contenido en el derrotero del dogma cristiano.

Esta realidad, la que el Jesús de la historia es el Cristo de la fe, se comprende en una unidad. Y esta unidad es Jesucristo, objeto de la Cristología, y fundamento del seguimiento de la vida cristiana en fidelidad a la Buena Noticia del Evangelio. Sin embargo, el contexto en que se realiza la reflexión de Jon Sobrino, está marcado por la sangre del martirio salvadoreño y se identifica con el Crucificado. La realidad de Jesucristo se entrecruza entonces, con la historia de un pueblo entero crucificado por los poderosos, y que a pesar de ello se transforma en signo de esperanza para otros y otras.

En este sentido Sobrino confiesa que el libro “lo hemos escrito en medio de la guerra, de amenazas, de conflictos y persecuciones, que produce innumerables urgencias a las que hay que atender e innumerables trastornos en el ritmo de trabajo. El asesinato martirio de mis hermano jesuitas, de Julia Elba y Celina, dejó el corazón helado y la cabeza vacía” (Sobrino, J. 1991 p.29)), evidenciando de esta manera, que la cristología de la liberación se desarrolla dentro de un contexto muy concreto y cargado de la densidad de la historia, que no lo transforma sólo en una reflexión teológica particular y contextual restrictiva (como muchos críticos señalan) sino que abre con su reflexión desde el pueblo sufriente, una nueva dimensión a la hora de comprender la figura bíblica del “Siervo sufriente”, pues no es sólo una bella y metafórica figura literaria, sino una realidad presente y que invita al ejercicio intelectual y al compromiso activo por la liberación de los oprimidos.

De esta forma, el Jesucristo crucificado, se transforma en Jesucristo Libertador, del lado de los más vulnerables, desde el reverso de la historia, sembrando esperanza creyente contra toda esperanza; en palabras del mismo Sobrino: “El Jesucristo crucificado, tan omnipresente, es realmente una buena noticia, es, en verdad, un Jesucristo Libertador” (Sobrino, J. 1991 p.30).

2.4.2.- Una nueva Imagen de Cristo que propicia una nueva fe liberadora.

En un continente mayoritariamente cristiano, la imagen que ha prevalecido históricamente ha sido la del Cristo crucificado y doliente. Desde el principio de la evangelización la religiosidad popular atestigua este hecho a lo largo y ancho de toda Latinoamérica, concentrándose en diferentes regiones devociones con un fuerte sentido del sufrimiento de Jesús en su pasión y muerte en cruz. Este hecho el autor lo comprende dado que, desde “los inicios, los indígenas vencidos que aceptaron a Cristo lo hicieron de forma específica. No lo asumieron sincretistamente, sino que del Cristo traído por los vencedores asumieron, precisamente, aquello que más los asemejaba a él: un Cristo, él mismo aniquilado y vencido” (Sobrino, J. 1991 p.32). El devenir histórico de esta devoción ha confluido en que hasta el día de hoy “el Cristo de las mayorías pobres de Latino América es el Cristo sufriente, de modo que la semana santa es el momento religioso más importante del año.” (Sobrino, J. 1991 p.32).

No obstante, en lo que ha significado el mayor hecho cristológico latinoamericano, “el tradicional Cristo sufriente ha sido visto no ya sólo como símbolo de sufrimiento con el cual poder identificarse, sino también y específicamente como símbolo de protesta contra su sufrimiento, y, sobre todo, como símbolo de liberación” (Sobrino, J. 1991 p.33).

En este sentido, esta nueva imagen de Cristo en el continente no sólo anima el desarrollo teológico de Sobrino y otros más que descubren el rostro de un Dios liberador y lo exponen sistemáticamente. Ha sido también el impulso para una nueva forma de vivir la fe, que se compromete con la historia y con los necesarios y profundos cambios sociales que se nos exigen desde la perspectiva del Evangelio. El hecho más significativo de esta nueva manera de vivir se grafica en que “muchos cristianos han sido asesinados en América Latina, pero no cualquiera de ellos, sino los que actúan consecuentemente, según la nueva imagen del Cristo liberador. Y este hecho martirial generalizado es la mejor prueba de que existe en verdad una nueva imagen de Cristo y una imagen más de acuerdo al Cristo que es Jesús. Fe en Cristo, significa ante todo, seguimiento de Jesús” (Sobrino, J. 1991 p.34).

Esta renovada fe en Cristo se ha traducido entonces en seguimiento del Jesús de la historia, y este “Jesús está a favor de unos, los oprimidos, y en contra de otros, los opresores” (Sobrino, J. 1991 p.34); el Cristo y la fe en él se transforma entonces en conflictivos incomodando hasta el extremo a los poderosos que emplean toda la maquinaria de muerte disponible para acallar estas nuevas expresiones de fe que surgen por todo el continente. En palabras del propio autor “el seguimiento de Jesús es, por esencia, conflictivo porque significa reproducir una práctica a favor de unos y en contra de otros, y esto origina ataques y persecución” (Sobrino, J. 1991 p.34).

La densidad del testimonio martirial que esta nueva imagen de Cristo ha venido a nutrir en medio del pueblo creyente, también es signo históricamente visible en contra de otras cristologías de origen europeo o norteamericano que restringen de manera alienante el contenido de la cristología en términos sistemáticos y con las consiguientes repercusiones prácticas en la vivencia pastoral. Este Cristo libertador, desnuda la alienante realidad de un Cristo abstracto, cuya imagen se asocia al Cristo poderoso o Señor omnipotente, que ha justificado formas opresivas y autoritarias tanto políticas como eclesiásticas.

Otra realidad alienante que se desnuda frente al Cristo liberador, es el Cristo reconciliador pues “es peligroso confesar al Cristo-reconciliador sin tener centralmente en cuenta a Jesús de Nazaret, y es peligroso que, cuando se lo recuerde, se presente a un Jesús pacífico, sin denuncia profética, a un Jesús de las bienaventuranzas a los pobres (que además no han solido ser entendidos como pobres reales), sin maldiciones a los ricos, a un Jesús que ama a todos, pero sin concretar la forma diversa que toma ese amor: defensa de los pobres y radical exigencia de conversión a sus opresores” (Sobrino, J. 1991 p.40).


Finalmente, la otra imagen alienante desenmascarada por el Cristo liberador, es la de un Cristo absolutamente absoluto, cuya reducción consiste en desarraigarlo de la historia y considerarlo como un valor en sí mismo, sin compromiso con los otros ni otras con los que se construye sociedad.